Me sumerjo en tus ojos y te hablo de Rocanrol,
sentados sobre el colchón
entre sábanas arrugadas,
mientras me mirás como yo miraría al sol
ocultándose, luego de una tarde de resaca.
Si tuviera que definir la felicidad,
felicidad en la que no creo, ni me hace falta,
en la definición estarían tu boca y tu piel tatuada,
tres o cuatro poemas que nunca olvido,
y una liviana, dulce y ya lejana madrugada.
Recuerdo estar parado con un par de amigos,
iluminados solo nosotros y rodeados de oscuridad,
debajo de un farol, en una calle de tierra cercana al mar,
hablando y sin preocuparnos de que se terminara
lo que aquella vez teníamos para tomar.
Por aquellas noches eternas
el amanecer y la muerte se sentían muy lejanos
corríamos siempre en busca del destino fijado
y pensábamos que el camino
era solo una vía de paso para llegar a algún lado.
No solo salió el sol, y arrasó con todo
lo que la húmeda oscuridad había cuidado,
sino que el tiempo despertó y se hizo presente
dejando en claro que la muerte,
cuando aparece, no golpea en vano.
Por eso ahora, ya sumergido en tus ojos,
me evaporo en tu respiración y te hablo
de Poesía, de viejos Blues y de tiempos lejanos,
sabiendo que el camino es la resurrección y no hay destino,
solo la ruta, tu mirada en mis ojos y mis manos entre tus manos.
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