LAS RUNAS

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA LITERARIA DIGITAL N° 18, AGOSTO DE 2017, DE EL NARRATORIO http://www.elnarratorio.blogspot.com.uy

Código de registro: 1708013212517

La escena que desde la pequeña plazoleta del puerto se ofrecía a quien mirara hacia la costa era calma y perturbadora. El muelle como una pequeña avenida internándose en el río marrón, luego el agua quieta que lo rodeaba y sobre éste un sol que sin muchas ganas comenzaba a subir desde el fondo del río, allí donde se marcaba el horizonte, y que teñía de un tenue rojo todo el puerto. La pequeña silueta sentada al final del muelle era casi imposible de distinguir, la única manera de advertirla era buscándola intencionalmente y prefigurándola antes de visualizarla. Así fue que, apoyando las manos en el respaldo de uno de los bancos de plaza situados alrededor del enorme árbol, y agudizando la vista, el hijo de Tridente encontró lo que buscaba. Al distinguir la silueta que se dibujaba muy pequeña al final del muelle, sonrió a desgano, movió la cabeza de un lado a otro y se dirigió hacia allí, caminando hacia el río y obligando a magnificarse a un amanecer que quería pasar desapercibido y, una vez más, no lo lograba.

El hijo de Tridente se despertaba temprano los domingos, día en el que la feria comenzaba antes, y salía de su apartamento antes de que despuntara el sol. Se  había despertado ya sabiendo qué le esperaba; no sería una mañana fácil. Tenía que llegar al predio ferial a eso de las seis; ya había arreglado con Oscar que se encontrarían allí y dejarían todo preparado para la jornada del Domingo. Luego cuando estuviera todo pronto, Oscar quedaría en el puesto y él saldría y comenzaría la búsqueda.

Cuando el hijo de Tridente cerró el puesto el día anterior, y se demoró un poco más de lo habitual colocando las tres pilas de libros aún no clasificados sobre una larga tabla separada unos centímetros del suelo para que no quedasen apoyados sobre éste, no se imaginó jamás que la madrugada próxima estaría recorriendo la ciudad, entrando a bares, golpeando puertas de gente que no le interesaba en lo más mínimo, intentando encontrar al tipo que tantas veces había tratado de evitar, el mismo que lo había buscado a él años atrás, acaso en otras situaciones, en lugares diferentes, pero en la misma ciudad. Mientras ponía los libros sobre la tabla, en pilas de a diez, intentando transformar así tres pilas en nueve, escuchó los tres golpes claramente diferenciados que Oscar realizó con los nudillos contra las tablas de la puerta. Se incorporó, dejando cuatro pilas perfectamente acomodadas, giró sobre sí mismo y abrió la puerta.

– No sabés donde puedo encontrar esto que me encargó mi vieja? Le dijo Oscar haciendo como que sacaba un papel del bolsillo del vaquero y lo leía: Un libro…

– Ni idea, yo solo tengo en el puesto estas hojas agrupadas por tamaño, con letras en sus dos caras y apretadas por dos hojas más gruesas y del mismo tamaño, que se llaman… sabés que me olvidé como se llaman…

– Y para que te las compran.

– Para rellenar unas cosas vacías que tienen en sus casas, que se llaman bibliotecas.

– Entonces se deben llamar relleno de bibliotecas.

– Bueno, la verdad es que relleno no es un mal nombre para mis amigos. Hay tanto idiota vacío que necesitaría de un relleno a domicilio…

– A domicilio sería la única manera que podrías rellenarlos… ni sueñes que van a movilizarse en busca de algo para leer.

– En que andás?

– Te buscaba…ayer ví a Tridente, después de tres o cuatro meses… y quería contarte algo que me pasó… y pedirte ayuda, tenés ganas de escuchar?

– Y si no tengo?

– Te cuento igual.

– Lo supuse. Vení, prepará café mientras yo termino de acomodar estos libros, y me contás.

– Dale.

El hijo de Tridente ya había terminado de acomodar las nueve pilas de libros y Oscar todavía estaba poniendo café en el filtro; prendió la cafetera, se sentó en el suelo, sacó un cigarrillo, lo puso entre los labios, lo encendió, dio una pitada larga y, mirando al otro a los ojos le dijo:

– Sabés que desde hace unos tres meses tengo algo para entregarle a Tridente?

– Y por qué no se lo diste ayer cuando lo viste?

– No es tan sencillo, no sé cómo se lo va a tomar… además no es algo muy común lo que le tengo que dar.

– Bueno, tampoco le vas a dar el evangelio perdido… cuántas runas tenés?

– Cómo mierda supiste? Son dos.

– Porque yo tengo las otras dos.

– No sabía que eran cuatro.

– Son cinco… Luna se quedó con una.

– Cuándo te las dio a vos.

Hace tres días, vino a dejarme esos libros que acabo de acomodar, no me va a traer más libros… se fue.

– Cómo que se fue?

– Si, se fue de la ciudad, al menos por un tiempo, no lo tiene muy claro, dice que tiene que estar bien lejos, vivir aparte… esa fue la frase que usó… vivir aparte.

– Vivir aparte… y adónde se fue?

– Ni idea.

– No le preguntaste?

– Por supuesto que no.

– Así que vino a traerte los libros… y las runas?

– Los libros, por última vez; y las runas.

– Cuál es la historia de esas runas?

– No te la contó?

– Cuando me encontré con Luna no estaba en condiciones de contar nada, se había ido de lo de tu padre y me pidió que la llevara a la clínica, cuando llegamos me quedé algo así como una hora mientras la recibían, me dio una tarjeta de la clínica en la que escribió su nombre y me dijo que se la llevara a su padre, que no iba a ser necesario que le explicara nada. Cuando me iba me dio las dos runas, me dijo que se las entregara a Tridente, y que tampoco sería necesario que le explicara nada. Me dio un abrazo y me dijo algo así como: las cosas que verdaderamente valen la pena hacen bien y lastiman por igual.

– “Todo aquello que realmente vale la pena hace bien y lastima por igual”

– Y eso, tiene algo que ver con las runas?

– No, es una frase de Tridente.

– Y las runas?

– Son un regalo de Tridente, se las dio una de esas noches que pasaban vagando por la ciudad, mitad muertos y mitad vivos, las trajo de uno de los viajes que hacía hace un tiempo, no sé de dónde. Alguna vez estuviste en la pieza donde vive?

– No.

– Bueno, Tridente tiene una vasija de cerámica con las 24 runas del futhark antiguo, están perforadas, y se las cuelga del pelo según su estado de ánimo.

– Es verdad, siempre tiene algo colgando del pelo. No tenía ni idea que eran runas… Cuando Luna me dio éstas busqué por ahí pensando que tal vez eran para algún tipo de ritual de magia o algo así. Sólo que eso no coincidía mucho con todo lo que Tridente dice y hace.

– No, nada que ver, Tridente las usa como lo que son, letras. Se cuelga del pelo alguna frase y listo. Bueno, durante la primera época de la relación Tridente andaba por ahí con las cuatro runas del nombre de Luna colgadas, hasta que una noche cuando regresaron, o acaso mientras no regresaban nunca, se las regaló a Luna; y desde ese momento en la vasija hay cuatro runas menos… hasta que se las demos otra vez. En ese momento le va a faltar solo una, la que Luna se llevó cuando se fue, un día antes que vos la encontraras en la cancha de básquet. Yo tengo las equivalentes a la L y a la N: Laguz y Naudiz, así que supongo que vos tenés la U y la A: Uruz y Ansuz.

– Suponés bien. Y la quinta, cual es?

– Ni idea, Luna me la mostró desde la palma de su mano y me dijo: ésta me la llevo conmigo, va a ser la única conexión que tenga con este lugar, al menos por un tiempo. No me dijo que runa era y tampoco se lo pregunté.

– Bueno, entonces te doy éstas dos y vos se las das a tu viejo, y listo.

– Vos sos medio idiota, no?

– Que sentido tiene que se las demos en cuotas?

– Estás cagado de miedo.

– Y sí… tu viejo hace como tres meses que está internado, nunca fue muy delicado para tratar algunos temas, y yo tengo que decirle que tengo la mitad del regalo que le hizo a su novia y explicarle que ella misma me lo dio… la verdad que no me gusta mucho la idea. Con que el recupere sus runas, que importa quién se las dé?

– Hay Oscar… de verdad crees que si Luna solamente quisiera que Tridente recupere sus runas te las iba a dar a vos, o a mí? Se las hubiera tirado ella misma a la cara. O se las habría dejado en el Bar, o las habría colgado de un árbol de la plaza con un cartel que dijera: Para Tridente, gracias por los servicios prestados.

– O nos las hubiera dado a nosotros… dos a cada uno.

– Hacéte cargo de lo que te toca.

– Todo bien… yo encaro y le doy las runas a tu padre, me arriesgo a que me cague bien a trompadas y cuando, después de cuatro días de ponerme hielo, se me desinflame la jeta, vuelvo acá y vos me decís porque mierda me eligió a mí y a vos para devolverle un regalo de a poco.

– No tengo ni idea viejo, pero evidentemente es un mensaje que Tridente va a entender.

– Y porque mierda no le manda una carta como cualquier mina normal.

– Porque Luna no es una mina normal, y Tridente…

– Si, es de todo menos normal.

– Bueno convengamos que vos tampoco sos el adolescente promedio de la sociedad actual.

– Bueno, vos sos hijo de Tridente… con eso ya tenés suficiente distinción.

– Bueno, ahora que dejamos en claro que cada uno va a hacer lo que le corresponde, contáme donde lo viste; porque te informo que me acabo de enterar por vos que está de nuevo en las calles. Yo todavía lo hacía internado.

– Saliendo del Bar, con el dueño, de mañana. Obviamente estando el Bar cerrado.

– Debe estar quedándose ahí…

Oscar se levantó del suelo, sirvió café en dos vasos, apagó el cigarro y le alcanzó un vaso con café al hijo de Tridente; que se levantó para agarrarlo. Tomaron algo del café en silencio y acordaron que en la madrugada el hijo de Tridente lo encontraría, le daría las dos runas y luego Oscar haría lo propio en algún momento del día.

El hijo de Tridente caminaba hacia el extremo del muelle tratando de visualizar la espalda de su padre escondida por la bruma que, como casi todas las mañanas, subía desde el río; al acercarse se hacía cada vez más dificultosa la visualización que parecía un poco más clara desde lo alto, desde la plazoleta. El río, excepto la parte que rodeaba inmediatamente al muelle y permanecía oculta por la niebla, se veía con claridad; y Oscar vio como desde la izquierda a unos 50 metros un bote a remos se movía lentamente en paralelo a la costa. Recién al llegar al extremo mismo del muelle descubrió que allí no había nadie, seguramente la particular luz del amanecer y la niebla le habían jugado una mala pasada. Se sentó en el borde del muelle con los pies colgando hacia el agua. Sintió claramente, además del ruido de los remos contra el agua del bote que se acercaba, el olor a humo de tabaco. El bote llevado por el pescador pasó muy cerca, a escasos metros, por lo que vio claramente como éste lo miró por un instante sin parar de remar. Levantó la mirada del bote y del agua y miró el sol, que ya resplandecía a unos cuantos metros por encima del horizonte, iluminando la ciudad que a sus espaldas comenzaba lentamente a desperezarse. Respiró hondo y pensó en su padre, mientras en la mano derecha apretaba las dos runas que traía consigo.

Mientras remaba lenta pero ininterrumpidamente el pescador sentía la satisfacción de saber que una vez que cruzara frente al muelle le quedaría muy poca distancia para llegar hasta la última red que le quedaba por revisar, luego volvería a favor de la corriente sin mucho esfuerzo. Sin darse cuenta pasó más cerca del muelle de lo que pretendía. Por lo que por un instante miró con detenimiento el extremo de éste, luego levantó la vista y observó como la ciudad iluminada por los primeros rayos del sol comenzaba lentamente a desperezarse, a espaldas del joven de zapatos deportivos rojos y del tipo de pelo largo y descalzo que fumaba sentado a su lado.

Deja un comentario