MONTEVIDEO…EL COMIENZO DE LA NOCHE

CUENTO PUBLICADO EN ANTOLOGÍA DE CUENTOS «LUGARES», EL NARRATORIO EDICIONES, OCTUBRE DE 2017.

Arnaldo terminó la última clase de la tarde, esta era siempre la más pesada, la que a los chiquilines les costaba más; pero esta vez todo había fluido con más facilidad, se engancharon muchos más que los habituales. Es más, se podría decir que, salvo las excepciones esperables, todos participaron, de una u otra manera. Los que no hablaron, permanecieron atentos. Esto no era común; generalmente en su clase, y sobre todo en 5°y 6° año, menos de la mitad de los alumnos participaban. El grupo de hoy había sido 5° biológico, muchos de ellos iban a ingresar a las facultades de Veterinaria, Medicina, Agronomía, iban a seguir alguna tecnicatura o carrera relacionada con el agro o la salud. Y la verdad es que la mayoría de ellos no se sentían muy movilizados por la literatura.Pero hoy fue unos de esos días en los que pasa algo fuera de lo común, una de esas clases en las que, sin que nadie se lo proponga, surge un disparador. Y el disparador apareció flotando en medio del enorme salón, casi sin que nadie se diera cuenta. El disparador no lo propuso él, simplemente flotó. Si, flotó. Entró por una de las ventanas abiertas a la tarde que lentamente se escurría, como diluyéndose en la leve oscuridad que empezaba a vestir de sombras a la noche Montevideana. Entró flotando, suave, serena, liviana, una hoja pequeña y amarillenta. Seguramente caída de alguno de los árboles que rodeaban el liceo. O tal vez, levantada desde la vereda por el paso furioso de un ómnibus; como sea, en algún momento el azar decidió que esa hoja entrara por la ventana abierta de su clase, y flotara hasta posarse muy suavemente sobre su escritorio. Prácticamente no tuvo otra opción más que agarrarla. La agarró, la miró como dándole las buenas tardes, se paró de la silla, caminó hacia la izquierda alejándose del escritorio y una vez que estuvo casi a la misma distancia de la ventana y la puerta de entrada, con el gran pizarrón a sus espaldas, y de frente a su clase, levanto su mano derecha apenas por encima de su cabeza sosteniendo la hoja entre sus primeros tres dedos. Los estudiantes lo miraban con desgano, algunos burlones, la mayoría ya aburridos esperando escuchar lo que todavía no había empezado a decir. Se demoró bastante, tanto que llegó un momento en que todos sin excepción lo estaban mirando. Y justo cuando parecía que iba a comenzar un leve murmullo de voces dijo:

– Saben qué es esto?

La desilusión fue espontánea, toda la atención que había logrado se esfumó al instante. Desde el fondo del salón alguien gritó:

– Una hoja, que nota me saqué?

– No es sólo una hoja, es también una posibilidad.

– Una posibilidad?

Ahora fue desde el primer banco; bien, alguien más interesado.

– Si, una posibilidad que tienen. Una posibilidad de no tener la clase que íbamos a tener hoy.

Otra vez atención casi completa, sólo 4 o 5 a mitad del salón no parecían estar atentos.

– Y cómo es eso? Ahora desde al lado de la ventana.

– Hoy teníamos que seguir con el programa, saben que nos toca leer y analizar?

– Si profe, es horrible. Último banco a la derecha.

– Tener que leer eso después de 3 clases con El Aleph es un bajón. Al medio, casi a la izquierda.

– Bueno, acá está su posibilidad. Solo ustedes tienen el poder ahora de evitar que tengamos la clase que teníamos que tener, y hablar de otra cosa.

– De qué? De hojas? Adelante, casi contra la puerta.

Listo, ya estaban casi todos interesados.

– No, no es tan sencillo. Si uno de ustedes me dice una parte de un poema que contenga la palabra hoja, dejamos la clase de hoy y hablamos del escritor que ustedes quieran. Pueden reunirse en grupos de 5 y tratar de recordar un poema o parte de un poema, si quieren pueden…

No terminó la frase cuando fue interrumpido por la voz suave, monocorde y sutilmente ronca de Juliana:

– “El viento lleno de estrellas, de hojas secas y de polvo mantiene suspendida mi habitación como una gran sinfonía de Mahler, con una extendida mano que golpea más fuerte cada día, una mano que acaricia y sostiene, una mano que es el límite y que es todo, y en el viento vienes, blanca y pura, tendida en los techos, fumo el cigarrillo extasiado ante la imagen, con los ojos muy abiertos al enigma inacabable, me quejo, mientras vagas, te mueves y respiras allí, una música errática, indefinible, atrapante, sortea los garajes donde la noche se parapeta, tan solo un momento, para levantar y sacudir luego su melena hecha de furia, todo arde y es arrancado de los siglos que, de espaldas, desfilan impasibles, un inmenso manto baja desde el cielo y te escabulles a los ojos, ya es ante mí la negra estructura de la noche, y mi habitación se pierde lejos, dando barquinazos en el viento lleno de estrellas, de hojas secas y de polvo” (1)

Por unos pocos segundos el silencio fue total, Arnaldo estaba callado, parado inmóvil con la hoja en alto; y el silencio fue interrumpido por Angel, que desde su banco dijo:

– Julio Inverso.

Juliana lo miró inmutable, y Angel le clavó los ojos, ojos que, Arnaldo lo sabía, permanecerían incrustados en ella por años, antes de retirar la mirada de Angel, Juliana sonrió levemente.

Listo, ya estaba.

Arnaldo guardó la hoja entre el nylon y el papel del envoltorio de la caja de cigarrillos que a su vez metió en el bolsillo delantero del vaquero, y miró por la ventana hacia afuera. Afuera ya era de noche, una dulce noche montevideana, que se revolvía entre ruidos de motores, algunas conversaciones lejanas y que lentamente contaminaba, redentora, la clase de literatura de 5° biológico; y hoy, la noche traía magia.

Aún sentado en el escritorio que dominaba el enorme salón con los bancos ya vacíos, terminó de guardar una carpeta y la lista dentro del bolso de cuero, se paró y se lo colgó del hombro. Tuvo la intención de acercarse a la ventana para cerrarla, como hacía siempre antes de irse, pero no lo hizo, simplemente la miró. También miró el pizarrón, donde sólo estaba escrita la fecha:   7 de Octubre de 1.999, y pensó en lo que acababa de pasar, “hay veces que la noche no sólo trae oscuridad, hay veces que la oscuridad es un disfraz que la magia usa para no espantar a los más sensibles”. Caminó hacia la puerta, encaró el pasillo, al llegar a la secretaría sacó del bolso la lista junto con el único libro que había dentro. Le entregó la lista a la adscripta, a la que saludó antes de darle la espalda y dirigirse a la salida. Al salir del IAVA y caminar por José Enrique Rodó hacia la derecha, todavía tenía el libro en su mano, lo miró: Más lecciones para caminar por Londres. Julio Inverso. Lo abrió y leyó la primer hoja: Para Arnaldo con mucho cariño. Julio. Y debajo del nombre una estrella de cinco puntas con un punto en el centro, dibujada con la misma tinta negra usada para la dedicatoria. Dobló a la derecha por Frugoni caminó una cuadra e ingresó al callejón de la Universidad que desde Guayabo lo sacaría a 18 de Julio. Al entrar al tramo peatonal todavía estaba mirando la dedicatoria. Cerró el libro y lo volvió a meter en el bolso. Se sentó en la vereda del callejón, con la espalda apoyada en la pared de la Biblioteca Nacional y mirando hacia la pared de enfrente. Sacó el paquete de cigarrillos, se llevó uno a los labios, y mientras lo prendía y aspiraba lento sintiendo como el humo se expandía dentro de sus pulmones, contempló la hoja guardada en la cajilla. Se le llenaron los ojos de lágrimas y sintió por un momento que no podía tragar. Mirando la pared lateral de la Universidad podía leer claramente el grafiti que ya no estaba desde hace años: “El arte es un producto farmacéutico para imbéciles. Brigada Tristán Tzara”. Estuvo unos minutos fumando y releyendo la frase, borrada de la pared hace tiempo, de Francis Picabia. Y antes de terminar el cigarrillo se sintió tranquilo, se sintió feliz. Feliz…maldita palabra…feliz. Tiró el pucho prendido contra la pared, que al estrellarse se convirtió por una fracción de segundo en una especie de bengala fugaz. Se paró y caminó, cruzó 18 de Julio y agarró por Tristán Narvaja, bajando hasta la esquina de Mercedes, al llegar a la esquina en vez de cruzar Mercedes hacia el Teatro Stella, cruzó Tristán Narvaja y entró al Bar. Al entrar un murmullo se apoderó de su cabeza que venía liviana y en silencio, encaró hacia la barra, detrás de la caja registradora estaba el dueño:

– Que hacés?

– Hola Arnaldo, saliendo del IAVA?

– Si.

– Cansado?

– No… hoy fue un día extraño, se podría decir que estuvo muy bueno, servime un whisky y te cuento.

– Whisky? No vas a tomar cerveza?

– No, hoy sólo un whisky… o dos, mañana temprano lo voy a ver a Julio al siquiátrico, tengo pensado llevarle dos ejemplares del libro nuevo para que me los firme, se los quiero regalar a dos alumnos. No te imaginás… hoy surgió en la clase.

– Hablaste del libro nuevo en clase?

– No!!! Surgió sólo, una piba recitó un poema de Falsas Criaturas y otro pibe lo conocía, y hablamos toda la clase de Julio, fue… mágico.

– Que bueno, esperá que te sirvo el whisky y me seguís contando.

– Sabés Heber? La vida es una reverenda mierda, pero de vez en cuando, pasa algo que hace que te plantees la posibilidad de que todo se trate de una excusa para poder entrever uno o dos momentos de magia.

– “hay veces que la noche no sólo trae oscuridad, hay veces que la oscuridad es un disfraz que la magia usa para no espantar a los más sensibles”.

– Tal cual, hijo de puta, tal cual!!!

Mientras Arnaldo chocaba su vaso de whisky recién servido contra el vaso de agua mineral empuñado por el dueño del bar, uno de los dos mozos de esa noche atendió el teléfono que estaba junto a la caja registradora, a un lado de ellos. Luego de escuchar, dijo:

– Heber, para vos… desde Artigas, dice que es un familiar de un amigo tuyo.

– Mirá !!! Hablando de Roma…

– Que raro que te llamen desde allá.

– Deben querer que le arrime algo… que bueno que vos vas mañana, no?

– Si, que bueno.

(1) El Viento. Falsas Criaturas. Julio Inverso. Montevideo.11/04/63 – 07/10/1999.

Código de registro: 1705282449637

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